Parte 2 y final
Queridos amigos:
En la primera parte de esta entrega, consagrada a la fuerza zodiacal de los Peces, desarrollé la idea de que Piscis encarna, en cierto sentido, el Zodíaco mismo, pues representa su última región: aquélla en la que tocamos lo divino, y donde pisamos con firmeza en el mar de lo Eterno –en concordancia con el vínculo entre Piscis y el sentido del tacto, por un lado, y por otro, con los pies. Además, pudimos reflexionar sobre cómo la fuerza zodiacal de Piscis nos enfrenta a la dialéctica de la ganancia y la pérdida, que Rudolf Steiner sintetiza magistralmente en el último verso de su estrofa dedicada a los Peces: «¡La pérdida sea ganancia para sí!»
El Zodíaco: Zervana Akarana, o el Tiempo Infinito
En la segunda parte de esta entrega, quisiera retomar nuestras consideraciones acerca del Zodíaco. ¿Qué es, pues, el Zodíaco? El Hermetismo y la Antroposofía nos enseñan que toda realidad puede ser contemplada desde la triple perspectiva de cuerpo, alma y espíritu. Y es así que, desde el punto de vista físico-corporal, el Zodíaco se nos aparece como la franja que se extiende a ambos lados de la eclíptica, la circunferencia definida por el recorrido aparente del Sol en el firmamento a lo largo del año. La eclíptica se divide en doce sectores de 30º de longitud cada uno, que corresponden a lo que llamamos los doce signos del Zodíaco: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis.

Ilustración de Andreas Cellarius (1596-1665), matemático y cartógrafo alemán: Situs Terrae Circulis Coelestibus Circundatae (La posición de la Tierra y los círculos celestes que la rodean)
Sin embargo, si sólo concebimos el Zodíaco de esta manera puramente espacial, no lograremos avanzar hacia el punto de vista psíquico-anímico. Para trascender esta perspectiva, podemos seguir la indicación dada por Steiner: «Sencillamente, no existe lo que las matemáticas llaman “espacio”; sino que en todas partes hay líneas, direcciones de fuerza, y éstas no son iguales –varían, están diferenciadas. Podemos distinguir entre estas doce regiones dándonos cuenta de que, si giramos en la dirección del signo Aries, la fuerza que experimentamos es diferente de la que experimentaríamos si estuviéramos de cara al signo Libra o Cáncer. En cada dirección la fuerza es diferente»1.
A partir de esta captación cualitativa del espacio –que nos es posible alcanzar en la medida en que desarrollamos nuestra conciencia imaginativa–, podemos avanzar desde la consideración físico-corporal del Zodíaco hacia el punto de vista psíquico-anímico. Así contemplado, el Zodíaco visible se nos revela como la proyección del mundo astral en nuestra experiencia espacial. Este hecho es lo que fundamenta la utilización del Zodíaco como una tipología de la fisonomía y la personalidad humanas, puesto que las fuerzas provenientes desde cada región zodiacal corresponden a un cierto entretejerse de simpatías y antipatías, y modelan, por ende, un tipo determinado de constitución corporal y de rasgos de comportamiento: el tipo Aries, el tipo Tauro, Géminis, etc. Del mismo modo, la rueda zodiacal constituye el arquetipo de todo proceso de desarrollo humano, tanto individual como social. Cada fuerza del Zodíaco representa un cierto estadio del despliegue evolutivo de un individuo o colectivo, tal como lo vimos en la primera parte de esta entrega con respecto a los signos de Capricornio, Acuario y Piscis.
Por último, hemos de avanzar hacia el punto de vista divino-espiritual sobre el Zodíaco. Y si la perspectiva del cuerpo se relaciona con el Espacio y la del alma con el Tiempo, el punto de vista del espíritu nos remite a la Eternidad. Así pues, en su Astrología Hermético Cristiana, el astrósofo Robert Powell se refiere a Zaratustra, el iniciador de la antigua cultura persa, y su conocimiento del Zodíaco como la manifestación exterior del Padre Celestial: «A Zaratustra le fue revelado el misterio del Padre y del Hijo: el Padre, Zervana Akarana, que significa “Tiempo Infinito”, y el Hijo, Ahura Mazdao, que significa “Aura de Luz”. Contempló la radiante “Aura de Luz” que rodeaba y habitaba el Sol. Y por encima y más allá del Sol, contempló el poderoso círculo de estrellas, el zodíaco, como la manifestación externa de Zervana Akarana, el Padre Celestial, padre tanto de Ahura Mazdao como de Ahriman, el Gemelo Maligno».
El Colgado, o el ser humano celeste
Habiendo dirigido nuestra mirada hacia el Zodíaco, ahora hemos de seguir hacia la comprensión de lo que es la voluntad zodiacal. Valentin Tomberg se refiere a esto en la duodécima carta de sus Meditaciones sobre el Tarot, que consagra al arcano mayor XII del Tarot, «El Colgado». Para quienes no estén familiarizados con el autor, los remito a esta obra que escribió de forma anónima, y que fue publicada póstumamente. Por otro lado, para quienes no tengan conocimiento del Tarot y sus láminas, los dejo con una imagen de El Colgado y una cita de Steiner sobre el Tarot.

Imagen del Arcano Mayor XII, «El Colgado», del Tarot de Marsella.
Leamos, en primer lugar, del puño del propio Tomberg, la descripción de la imagen de El Colgado: «Representa a un joven suspendido por uno de sus pies de una viga transversal sostenida por dos árboles con las ramas aserradas a ras del tronco y formando así una especie de patíbulo. La postura de un hombre cabeza abajo, suspendido de una horca por un pie, con la pierna libre doblada a la altura de la rodilla y las manos atadas detrás de la espalda, sugiere espontáneamente, en primer lugar, la idea de la gravitación y la de la tortura que el conflicto con ella puede infligir al hombre. La impresión inmediata que produce la lámina nos mete de lleno en el problema de las relaciones entre el hombre y la gravitación, con los conflictos que ello implica.»2
Así considerado, El Colgado no es sino lo que en la primera parte de esta entrega llamé el ser humano celeste. Es el alma humana que ha alcanzado la última región del Zodíaco, Piscis, y cuya transformación le permite ahora tocar lo Divino y pisar con firmeza en el mar de lo Eterno. Sin embargo, hemos de comprender que la consecución de dicho estado implica la inversión de nuestra forma habitual de existir. En tanto que seres humanos terrestres, nos hallamos gobernados por las leyes del mundo físico, representadas arquetípicamente por la gravedad. Somos impulsados a actuar por las necesidades y deseos que surgen en nuestra alma por el hecho de estar dotados de un cuerpo material: requerimos, para subsistir, el pan nuestro de cada día… El camino hacia lo Eterno, en cambio, comienza cuando resuena en nuestro interior la petición del Padrenuestro: «Hágase Tu voluntad, como en el Cielo, así también en la Tierra».
Pero ¿qué significa que se haga la voluntad de nuestro Padre Celestial? Por supuesto, es mucho más sencillo decirlo que hacerlo. Nuestra forma cotidiana de habitar el mundo consiste, en buena parte, en la búsqueda de satisfacción de nuestras pasiones y deseos. No obstante, creo que todos hemos escuchado, en momentos de profunda oscuridad interior, una tenue voz que, desde el fondo de nuestra alma, quiere mostrarnos el camino hacia la luz. Presentimos que, en lo más íntimo de nuestro ser, existe un punto de contacto entre nuestra voluntad y la voluntad divina; pero también podemos darnos cuenta de que se halla sepultado bajo la espesa capa de nuestro egoísmo, de nuestra ira, pereza, lujuria, envidia, miedo, etc. De ahí que el sendero hacia el espíritu tenga siempre un carácter ascético, de renuncia a los deseos y pasiones que emergen de nuestra existencia en un cuerpo material.
Doce es el número de las formas de la voluntad, nos dice Tomberg, mientras que “siete es el número de las modalidades básicas del sentimiento y la imaginación; tres es el número-ley del pensamiento y de la palabra; y uno es el número del yo que piensa, siente y quiere”. El duodenario zodiacal resulta del entretejido de la trinidad de pensamiento, sentir y acción en el cuaternario de los elementos: fuego, aire, agua y tierra. Nuestro camino evolutivo nos conduce a través de innumerables experiencias a través de estas doce modalidades de la voluntad divina: nuestro mapa natal –y también el prenatal– nos muestran cómo se configuran estas fuerzas en el destino que, en cada encarnación, hemos de enfrentar. Sin embargo, la Astrosofía nos enseña que ya ha llegado el tiempo en que el ser humano puede hablar, a su vez, a las estrellas; y que la conciencia de nuestro hablar puede devenir en fuerzas para el Hombre Espíritu. Es decir, podemos ser, cada vez más, artífices despiertos de nuestro presente y porvenir, colaborando conscientemente con las jerarquías espirituales para transformarnos en individuos libres.
Pero forjar nuestra individualidad no es otra cosa que integrar, bajo el gobierno de nuestro yo, las doce fuerzas zodiacales: es hacer, del doce, uno. Como lo expresa bellamente Tomberg: «Tocante al Colgado, las doce ramas de los dos árboles entre los que pende están cortadas. Esto quiere decir o indicar que el Colgado ha reducido el doce al uno y que él mismo es la única manifestación de esas doce ramas. Se ha tragado el zodíaco, por así decirlo, lo que equivale a afirmar que su voluntad se ha identificado con la voluntad que se manifiesta de tres veces cuatro maneras (…) Tal es el significado de la reducción de doce a uno. Es estar colgado, en posición invertida, y vivir sometido a la gravitación celestial en lugar de la gravitación terrenal»3. El Colgado es, verdaderamente, el ser humano que ha alcanzado la región de Piscis: quien puede palpar lo divino, y apoyar sus pies con firmeza en el mar de lo Eterno; es el ser humano que ha zodiacalizado su voluntad.
¡La pérdida sea ganancia para sí!
Ahora podemos volver a contemplar los versos iniciales del poema mántrico que Steiner consagró a Piscis: «En lo perdido encuéntrese la pérdida, / en lo ganado piérdase la ganancia». A mi parecer, creo oír cómo resuena en ellos la voz de El Colgado, de aquél que ha aprendido a perder ganando, a encontrar perdiendo, justamente porque sabe decir: Hágase, también en la tierra como en el cielo, Tu voluntad. Esto es, al menos, lo que yo he podido cosechar en este tránsito del Sol por Piscis. Y espero que lo que he compartido los acompañe a cada uno de ustedes en su propio caminar.
Despedida
Queridos amigos, concluyo aquí mis meditaciones sobre Piscis y la Voluntad Zodiacal. Mi propósito durante este año es compartir mis reflexiones para cada fuerza zodiacal en tres partes: al inicio, mitad y fin del paso del Sol por cada signo (según el Zodíaco tropical). El tema de la próxima publicación será Aries y la Pascua de Resurrección.
Como siempre, les pido que, si aprecian mi trabajo, le den “me gusta” a mis publicaciones, o que escriban sus opiniones y preguntas en los comentarios; y también, por supuesto, que le cuenten a otras personas sobre mi trabajo.
¡Nos encontramos en la próxima publicación!
Con cariño, Gustavo
Steiner: GA 201, 5a Conferencia; 17 de abril de 1920, Dornach.
Tomberg: Meditaciones sobre el Tarot, p. 339.
Tomberg: Meditaciones sobre el Tarot, p. 362.
