La Planta Celeste

Psicoterapia y Astrosofía

Acuario y el Camino Meditativo

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Parte 3 de 3

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En las dos entregas anteriores, abordamos, en primer lugar, la meditación, y luego revisamos algunas características de la fuerza zodiacal de Acuario. Con respecto al Aguador, vimos su relación con el mito griego de Ganímedes, el copero de los dioses, y también consideramos su definición desde la Astrología Hermética como aire fijo y domicilio diurno de Saturno.

Las constelaciones de Capricornio y Acuario en el globo celestial de Gerardus Mercator (1512-1594), geógrafo, cosmógrafo y cartógrafo flamenco

En esta publicación, sintetizaremos todo lo que ya hemos desarrollado.

Acuario: entre la renuncia saturnal y la independencia uraniana

Tras el descubrimiento de Urano en 1781, los astrólogos le asignaron a este planeta la regencia sobre el signo zodiacal de Acuario. En una publicación anterior, me referí al vínculo entre Urano y las revoluciones –tanto la Revolución Industrial como las revoluciones políticas y sociales que caracterizaron el tránsito entre los siglos XVIII y XIX (momento histórico que coincide con su primer avistamiento). De esta manera, los significados atribuidos a Urano fueron transmitidos a Acuario, y ello explica la delineación del tipo acuariano que encontramos en los textos astrológicos contemporáneos como un ser excéntrico y rebelde.

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«La Libertad guiando al pueblo», de Eugène Delacroix (1798-1863), pintor y litógrafo francés

Sin embargo, los astrónomos/astrólogos de la Antigüedad, que observaban el firmamento a ojo desnudo, sólo conocían la existencia de cinco planetas: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Junto con las luminarias, el Sol y la Luna, estos 7 cuerpos celestes conformaron uno de los pilares fundamentales de la antigua sabiduría astral. Y tanto en el Hermetismo como en la Antroposofía es reconocida la importancia de este septenario y el valor sagrado del número siete. De ahí que la introducción de Urano como regente de Acuario (así como Neptuno de Piscis, y Plutón de Escorpio) efectuada por la Astrología moderna, sea percibida en ciertos círculos como una alteración impropia de la cosmología hermética. Además, en los sistemas astrológicos tradicionales, la regencia de Acuario es atribuida al planeta Saturno, cuyas significaciones de gravedad, vejez y conservadurismo se oponen a la explosividad asociada a Urano. ¿Quién tiene, pues, la razón? Escuchemos la opinión del propio Rudolf Steiner al respecto:

Ya que la Antigüedad no había descubierto a Urano ni Neptuno, Saturno fue considerado el planeta más lejano, y todavía hoy se justifica no ir más allá de Saturno. Los astrólogos aún tienen una noción de estas cosas, ya que vinculan a Urano y Neptuno sólo con aquellas cualidades humanas que trascienden lo personal y hacen de un hombre un genio; cualidades que van más allá del elemento individual –donde él se ocupa de asuntos que ya no tienen que ver con su desarrollo personal. Todas las afirmaciones astrológicas van en este sentido. Urano y Neptuno únicamente entran en juego cuando un hombre se convierte en genio o se esfuerza por trascender el elemento humano; cuando su organización tiene la tendencia a expandirse o a decaer con demasiada fuerza.1

Mi opinión es que es tan indispensable avanzar hacia el futuro de la mano de la Antroposofía como conquistar una íntima comprensión del milenario legado astrológico del que somos herederos. De otro modo, la Astrosofía no será verdaderamente una ampliación del arte astrológico –del arte de hablar con las estrellas. Y de hecho, una consideración detenida de la antigua ciencia astral puede comenzar a darnos luces al respecto.

Veamos, por ejemplo, la delineación del tipo acuariano que nos entrega Vecio Valente, astrólogo del siglo II d.C, quien llama a los acuarianos “incorregibles, obstinados (…) misántropos, impíos”, así como “mezquinos” e “incorregibles”, y que “odian a sus propias familias”. Por extremas que hoy puedan resultarnos, ¿no coinciden estas caracterizaciones con lo que modernamente podríamos reconocer como la faceta caída de Urano? Pues hemos de considerar la posibilidad de que, como fuerza perteneciente al futuro, el impulso de Acuario se haya encontrado en tiempos antiguos (aún más que en la actualidad) frente a una gran incomprensión y con enormes obstáculos para su expresión.

Y podemos también tomar en cuenta otra cosa. Tal como cada signo tiene su planeta regente –aquél que se halla en dicha región del Zodíaco como en su propio domicilio–, cada signo tiene también un planeta que se encuentra en sus dominios como desterrado, fuera de su morada. Así pues, en el caso de Acuario, Saturno es su planeta regente, mientras que el Sol se halla en exilio en esa región del cielo. Y la imagen de un Sol exiliado, ¿no nos recuerda, acaso, lo que tuvo lugar en los procesos revolucionarios ocurridos en el paso del siglo XVIII al XIX?


La Discreción que deviene Fuerza Meditativa como virtud aérea y saturnal

Lo que acabo de exponer es lo que sirve el fundamento para considerar a Acuario como una fuerza de naturaleza saturnina, tal como lo hice en la entrega anterior. Además, caractericé al Aguador desde el punto de vista de su elemento: el aire, lo caliente y húmedo. Y si ahora integramos las cualidades de lo aéreo y lo saturnal, comenzaremos a vislumbrar el vínculo existente entre la fuerza zodiacal de Acuario y la virtud anímica de la Discreción que deviene Fuerza Meditativa.

Pues, en primer lugar, ¿qué es la discreción? Si consultamos el Diccionario de la RAE, encontraremos estas tres definiciones: 1) “Sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar”; 2) “Don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad”; y 3) “Reserva, prudencia, circunspección”. Quedémonos con la última acepción, puesto que refleja el parentesco que existe entre discreción (Verschwiegenheit, el vocablo alemán usado por Steiner) y silencio (Schweigen). Sin embargo, ser discreto no es meramente permanecer callado; de ahí que relacione también con la capacidad de juzgar certeramente, y de hablar de manera asertiva. Podríamos afirmar, entonces, que la Discreción es el arte de guardar silencio.

En su nivel más elemental, la Discreción es la habilidad de no decir nada cuando no se tiene nada que decir. Pero incluso en esta forma rudimentaria su práctica constituye ya un gran desafío: ¿cuántas veces, en nuestro día a día, no hablamos por hablar, u opinamos sobre asuntos de los que apenas tenemos noción? Y no obstante, la Discreción encierra un reto aún mayor: el no decir nada cuando sí se tiene algo que decir. Una instancia privilegiada para observar la dificultad de alcanzar esta disposición anímica ocurre cuando uno está dedicado al estudio de un tema, y especialmente si se trata de asuntos espirituales: apenas tomamos conocimiento de un hecho “interesante”, surge en nosotros el impulso a comunicarlo no bien surge la oportunidad de hacerlo en una conversación.

El lenguaje verbal humano posee un vínculo indiscutible con lo aéreo: para articular nuestra palabra hablada, hemos de modular el flujo de aire proveniente de los pulmones utilizando nuestro aparato fonador. Así pues, existe un vínculo entre la palabra y el organismo aéreo del ser humano, y también entre éste y su cuerpo astral. Y ocurre que si nuestro yo no posee dominio suficiente sobre el cuerpo astral, dicha debilidad puede manifestarse como una tendencia a hablar por hablar. Como dice Gudrun Burkhard en su libro «Las Fuerzas Zodiacales»: “Cuando el yo no domina el alma, las personas se vuelven parlanchinas, fenómeno natural en los niños. También a edad avanzada, si la unión con el yo se afloja, surge la charlatanería”.

El camino meditativo exige una disposición anímica totalmente opuesta a la descrita. Como vimos en la primera parte de esta serie consagrada a Acuario, la práctica de la meditación comienza con el arte de olvidar: la concentración. Será imposible apartar todo pensamiento indeseado de nuestra conciencia si no somos capaces, en primer lugar, de refrenar (gesto saturnal) nuestro impulso a la palabra vacía, al hablar por hablar (ámbito de lo aéreo). Hemos de controlar el diálogo externo para luego adquirir soberanía sobre nuestro diálogo interior, el permanente hablar con nosotros mismos. Sobre la base de ese señorío, podremos desarrollar nuestra fuerza de concentración.

Pero ésta es meramente la preparación para la actividad meditativa: la meditación como tal comienza cuando situamos el objeto de contemplación en el centro de la conciencia, de nuestro espacio anímico. Y si bien hemos de servirnos del pensar discursivo para formar nuestro objeto de meditación (ver, por ejemplo, la meditación sobre la Rosa Cruz entregada por Steiner en el capítulo V de La Ciencia Oculta), desde un cierto punto en adelante hemos de poder guardar silencio, contemplando calladamente el símbolo que hemos colocado frente a nuestra mirada interior. De otro modo, sólo seguiremos escuchándonos a nosotros mismos, y no podremos llegar a oír lo que, desde el otro lado, puedan venir a susurrarnos. El diálogo interior, adecuadamente entrenado, nos conduce hasta las orillas del mar del Espíritu, pero sólo el silencio nos permite sumergirnos en sus aguas. Cuando callamos interiormente, el sentido de lo pensado se profundiza; profundizamos (Saturno) en el pensamiento (aire, luz).

Y la virtud de la Discreción ha de seguir acompañándonos incluso una vez que nuestra práctica meditativa haya concluido y tengamos que volver a nuestras ocupaciones cotidianas. Pues si nos hallamos en búsqueda de ciertas experiencias y capacidades espirituales (y con mayor razón si ellas ya han comenzado a surgir en nosotros), es indispensable que cultivemos una actitud de recogimiento (un gesto saturnino) para que ellas puedan verdaderamente madurar (un proceso saturnal). La correspondencia de Saturno en el organismo vegetal es la semilla: el órgano que encierra, bajo una cubierta sólida, el delicado germen de una futura planta. Y para desplegar nuestra vida espiritual, requerimos también de las fuerzas saturnales: necesitamos una actitud reservada para transformar todo nuevo conocimiento que recibimos en semillas, en gérmenes que puedan brotar en el suelo fértil de nuestra alma, y no en prematuras flores con las cuales adornarnos para alimentar nuestra vanidad.

Es en este sentido que podemos considerar la virtud correspondiente a Acuario, la Discreción que deviene Fuerza Meditativa, como una cualidad que integra lo aéreo y lo saturnal: es el sujetar la palabra que nos lleva a profundizar en la luz.


Despedida

Queridos amigos, muchas otras cosas quedan por decir sobre este bello asunto. Si aprecian mi trabajo, les pido que le den “me gusta” a mis publicaciones, o que escriban sus opiniones y preguntas en los comentarios. Y también, por supuesto, que le cuenten a otras personas sobre mi trabajo.

En la próxima publicación, el Sol ya habrá ingresado en el signo tropical de Piscis, y por lo tanto, nos abocaremos a entrar en el ámbito de la fuerza zodiacal de los Peces.

Con cariño, Gustavo

1

Rudolf Steiner, «Curso para Médicos Jóvenes»: 3ra Conferencia; Dornach, 23 de abril de 1924 (GA 316). Extraído de «Speaking to the Stars», de Jonathan Hilton.

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