Parte 1
Queridos amigos:
Desde el 18 de febrero, el Sol transita por el signo tropical de Piscis, y quisiera compartir con ustedes una reflexión sobre la fuerza de los Peces y lo que Valentin Tomberg llama la voluntad zodiacal.
En cierto sentido, cavilar sobre la imagen viviente de Piscis es, al mismo tiempo, reflexionar sobre el Zodíaco como tal. Pues el signo de los Peces ocupa el duodécimo lugar de la rueda zodiacal, y representa, por ende, su conclusión. Las fuerzas de Piscis corresponden, en el organismo humano, a los pies; y también en ellos llegamos a un fin –al final de nuestro cuerpo, a la parte de él que nos mantiene en contacto con la tierra firme. Desde otro punto de vista, el sentido del tacto se vincula a Piscis; y también en la experiencia táctil arribamos a la frontera de nuestro organismo.

«Piscis», de Mikalojus Konstantinas Čiurlionis (1875-1911), pintor y compositor lituano
Alcanzar el final de un camino nos permite mirar hacia atrás y contemplar la ruta transitada, así como nuestras vivencias a lo largo de su recorrido, como una totalidad: el territorio se transforma en mapa; la experiencia deviene comprensión. De igual manera, alcanzar la región de los Peces nos permite considerar el conjunto de las doce fuerzas zodiacales como lo que realmente son. Así pues, el Zodíaco no es tan sólo una herramienta tipológica a través de la cual podemos distinguir doce “formas de ser” humanas (doce combinaciones de temperamento y carácter); tampoco es meramente una alegoría de las diferentes etapas del despliegue humano en sus aspectos individual y colectivo. Ciertamente, el Zodíaco es todo esto, pero esto no es todo lo que él es.
Capricornio simboliza al ser humano plenamente encarnado, quien, desde la vivencia de su separación, lucha por conquistar un lugar en la existencia material y despertar, de esa manera, sus fuerzas espirituales. Acuario nos enseña el Camino Meditativo: la aspiración del pensamiento humano hacia transformarse en contemplación, en visión superior, y al mismo tiempo, su anhelo de vivir en humana hermandad a través de los grandes ideales sociales. Piscis nos conduce un paso más allá: nos permite tocar lo divino como tal, sumergiéndonos en las profundidades de las aguas primordiales.
De esta manera, en Piscis logramos palpar el océano cósmico; el Zodíaco se nos revela como órgano de ejecución de la voluntad divina –de las Jerarquías Espirituales. En la región de los Peces, apoyamos firmemente nuestros pies en el mar de la eternidad, de las existencias creadoras. Sin embargo, la Antroposofía nos enseña que allí donde nos encontramos con el espíritu, con lo real, nuestra conciencia duerme. Así pues, como seres humanos terrestres, despertamos al erguirnos sobre la sólida superficie de nuestro planeta: desde este punto de vista, pisar firmemente las aguas es un contrasentido –bien sabemos que, al adentrarnos en el ámbito de lo líquido, nos hundimos…
Mas no olvidemos que en los Peces rozamos lo divino, y ello supone enfrentarnos a lo que desafía nuestras convicciones y propósitos puramente humanos. Si queremos penetrar en el misterio de Piscis, hemos de comprender que, sumergida en las profundidades de nuestra conciencia, vive una dimensión de nuestro ser que se halla en presencia de lo divino: es el ser humano celeste, que se yergue con sus pies reciamente apoyados en el océano cósmico –o dicho de otro modo, con sus pies firmemente apoyados en el Cielo. Volveremos sobre este punto en la próxima entrega.
«Que la pérdida sea ganancia…»
Consideremos ahora el asunto desde otra perspectiva, y tomemos, para ello, los doce poemas mántricos que Rudolf Steiner escribió para cada una de las fuerzas zodiacales. En la entrega anterior, tuvimos la oportunidad de ver que Acuario pone frente a nosotros la ofrenda de lo limitado a lo ilimitado –o del intelecto humano, finito, a la infinita facultad de contemplación espiritual. Escuchemos, en esta oportunidad, la voz de Piscis:
En lo perdido encuéntrese la pérdida,
en lo ganado piérdase la ganancia,
en lo abarcado búsquese lo aprehendido
y que se conserve en el conservar.
A través del devenir se eleva al Ser,
por medio del Ser se entreteje en el devenir.
¡La pérdida sea ganancia para sí!1

«Piscis», de Johfra (1919-1998), pintor holandés
Notemos que Steiner inaugura la estrofa consagrada a Piscis con estos versos paradójicos: «En lo perdido encuéntrese la pérdida, / en lo ganado piérdase la ganancia». Detengámonos ante estas palabras para oír más atentamente lo que nos quieren decir.
En primer lugar, ¿qué podría significar que en lo perdido se encuentre la pérdida? ¿Cómo nos sería posible encontrar la pérdida, si ella es justamente falta, carencia? ¿Tiene sentido pensar que podemos encontrarnos con aquello que está definido por la ausencia? ¿En qué circunstancia sería válido afirmar que perder es encontrar?
Y en segundo lugar, ¿cómo comprender que la ganancia se pierde en lo ganado? ¿Qué podría significar que, al ganar algo, perdamos al mismo tiempo –y que eso que perdemos sea el propio ganar? ¿No está insinuando este verso, acaso, que toda ganancia es ilusoria? ¿Bajo qué condiciones sería legítimo decir que ganar es perder?
Así pues, si Acuario nos puso frente a la dialéctica del límite y lo ilimitado, los Peces nos enfrentan a la dialéctica de la pérdida y la ganancia. Y ya podremos ver que la experiencia de esa paradoja no es otra cosa que el camino del ser humano que busca erguirse con sus pies firmemente apoyados en el Cielo –el ser humano que se ha sumergido en el ámbito de Piscis, y anhela la zodiacalización de su voluntad.
Mientras tanto, quisiera compartir con ustedes un bello soneto escrito por Juan Guzmán Cruchaga (1875-1979), poeta y diplomático chileno –y con Mercurio en Piscis (tropical) en su mapa de nacimiento, al igual que Steiner y Tomberg. Lo atesoro desde hace ya varios años, y creo que refleja acertadamente el ánimo de Piscis, y también lo que estoy intentando transmitir.
Doy por ganado todo lo perdido
y por ya recibido lo esperado
y por vivido todo lo soñado
y por soñado todo lo vivido.
La más viva congoja eché al olvido.
Del sueño más feliz no he despertado
y agradezco la pena que me han dado
que en flor de suavidad se ha convertido.
La tristeza quemante del pasado
tiene un color de sueño parecido
al de la fuga del amor logrado.
Y es porque el ansia y la inquietud se han ido
al recordar que el cielo prometido
comienza por la herida del costado.
Despedida
Como siempre, queridos amigos, les pido que, si aprecian mi trabajo, le den “me gusta” a mis publicaciones, o que escriban sus opiniones y preguntas en los comentarios; y también, por supuesto, que le cuenten a otras personas sobre mi trabajo.
¡Nos encontramos en la segunda parte de esta entrega!
Con cariño, Gustavo
Traducción de José Antonio Alemán Ruiz (1809josea@gmail.com).
